Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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Se venden niños al gusto

Esta semana escuché un programa de radio donde se abordó el tema de la fecundación asistida. La persona que dirige dicho programa aportó muchos datos sobre la historia de estos procedimientos en los que han estado participando científicos de diversos países y especialidades, lo que les ha permitido alcanzar resultados que parecerían sacados de una película de ciencia-ficción.
Me llamó la atención la soltura con la que se manejó el tema en la cabina de radio donde participaron otras personas que profesionalmente se dedican a la fabricación de los niños. Dichos especialistas aportaron muchos datos resolviendo las dudas que normalmente se suelen hacer las personas de la calle.
El tono de los participantes era sumamente natural. Yo diría que alarmantemente natural. Todo lo que decían tenía un carácter absolutamente pragmático.
Me dio la impresión de que el criterio básico es que toda persona tiene derecho a tener uno o más hijos, sin importar lo que pueda señalar la ética. Es decir, que parece que a quienes ganan dinero con estas técnicas no les preocupa si son moralmente correctas. Lo único es si las leyes del país lo autorizan.
Sabemos que para asegurar los resultados se provoca que las mujeres aporten varios óvulos como candidatos para ser fecundados por los espermatozoides de varones diversos, a veces son de los esposos, y otras no. De entre ellos se seleccionan los que ofrecen más garantías para la implantación de los niños en vientres propios o alquilados.
Por otra parte, en los últimos años, y en especial en esta semana, me he encontrado con datos que reportan el desconcierto de quienes están al cargo de los depósitos de embriones, pues los clientes —supuestos padres— de esas criaturas ya no les interesa lo que suceda con ellos. Es decir que muchos miles de embriones humanos —entiéndase seres humanos— están congelados esperando ser implantados; con el peligro evidente de que a nadie le importen sus vidas… y sus muertes.
Pienso que cuando dejan de importarnos las personas, como consecuencia del egoísmo recalcitrante que arrastramos, la defensa de cualquier otra causa es simple hipocresía.

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